VERSOS QUE ILUMINAN... PALABRAS QUE QUEMAN

sábado, 25 de julio de 2015

"Peronistas, Comunistas... Por la Patria Socialista!!!" de FRANCISCO ALVERO CANTA














"Peronistas, comunistas... Por la Patria Socialista!!!"

Voy a cantar unas verdades
por el pueblo bien conocidas
mientras nosotros pelebamos
negociaban los de arriba
y esos seres siniestros
todavia libres caminan

Con el cuco del comunismo
estigmatizaron compañeros
Que se creyeron aquellos
los dueños del movimiento?
 El Peronismo es de todos
es lucha y es sentimiento!!!

Porque son unos cobardes
delataron compañeros
Considerandolos luego
infiltrados al movimiento!
que no se repita la historia
y bajo ningun pretexto

Yo conozco al enemigo
como tambien mis hermanos 
no lograran dividirnos
al pueblo y a los de abajo
Peronistas, comunistas
avanzamos de la mano! 

Ayer contra la jp gloriosa 
  la tendencia y Montoneros
Como en aquellos tiempos
hoy vuelven con ese verso
Ellos se dicen "los puros"
nosotros ponemos el pecho

De la fanfarria militar
Se esconden siempre detras
y en tiempos de democracia
traicionan como el que mas
y ahora dicen que al frente
 solo ellos conformaran!

Sacan pecho los guanacos
  escupiendo de costado
para imponer burocracia
los cipayos parasitarios
terjiversando la esencia

de liberacion o dependencia



Por la Patria Socialista!
libre, justa y soberana
Peronistas, comunistas
por la patria liberada!
Ese es nuestro objetivo
y tambien nuestra esperanza!






22 de Agosto de 2015
A 43 años de la fuga y los fusilamientos

Masacre de Trelew: las diez fotos que tenés que ver

En plena dictadura de Lanusse, un grupo de militantes del ERP, de las FAR y Montoneros protagonizó un intento masivo de fuga del Penal de Rawson. Días después,16 de ellos fueron fusilados a sangre fría. Las fotos forman parte del libro "Trelew 72", realizado por el Archivo General de la Memoria y el Programa Memoria en Movimiento.
  • Fotos: Diario Jornada de Chubut.
  • Fotos: Diario Jornada de Chubut.
  • Fotos: Diario Jornada de Chubut.
Por: Juan Manuel Mannarino
15 de agosto, 1972, Patagonia Argentina. Un grupo de militantes políticos del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), Fuerzas Armadas Revolucionarios (FAR) y Montoneros, habla en una inusual conferencia de prensa ante unos pocos periodistas en el aeropuerto de Trelew. Fue horas después de un masivo intento de fuga del Penal de máxima seguridad de Rawson, una de las cárceles con más presos políticos del país y paradigma del confinamiento y la persecución política de la dictadura de Alejandro Lanusse.
El plan no salió como lo pensaron los líderes: de las más de cien personas que pensaban escapar, sólo 6 se fugaron a Chile y 19 quedaron amotinadas en el aeropuerto. Rodeados por los militares, los miembros de los grupos guerrilleros convocaron a los medios para anunciar que se entregarían a la fuerza pública “no sin antes exigir condiciones”. Había olor a pólvora. En minutos se hizo presente un juez federal. En el documental de Raymundo Gleyzer “Ni olvido ni perdón” (1972), Rubén Pedro Bonnet (PRT-ERP), uno de los líderes, agachó la cabeza y dijo ante las cámaras:
-Queremos garantizar nuestra integridad física. No sólo para que no nos asesinen. Tampoco queremos que las fuerzas represivas nos torturen.
Los seis jefes guerrilleros que se habían fugado a Chile fueron Mario Roberto Santucho, Enrique Gorriarán Merlo y Domingo Menna, del PRT- ERP; Marcos Osatinsky y Roberto Quieto, de las FAR; y Fernando Vaca Narvaja, de Montoneros. Todos se subieron a un avión secuestrado y fueron refugiados por el gobierno de Salvador Allende. De ahí volaron a Cuba, donde pidieron por la vida de los 19 presos que, por un error en la planificación de la fuga, se subieron a unos taxis desde el Penal y nunca llegaron a tiempo para tomar el avión.
La masacre que los militantes querían evitar con la conferencia, finalmente, ocurrió. A la madrugada del 22 de agosto, en la Base Naval Almirante Zar, los 19 detenidos fueron sorpresivamente despertados y sacados de sus celdas. Según testimonios de los tres únicos sobrevivientes, mientras estaban formados y obligados a mirar hacia el piso fueron ametrallados indefensos por una patrulla a cargo del capitán de corbeta Luis Emilio Sosa y del teniente Roberto Bravo. La mayoría murió desangrada en el acto. Algunos heridos fueron rematados con armas cortas en el piso. Los sobrevivientes fueron trasladados al día siguiente a Puerto Belgrano. Eran Alberto Miguel Camps (FAR), que sería ejecutado años después por los militares, en 1977; y María Antonia Berger (FAR) y Ricardo René Haidar (Montoneros), desaparecidos en 1979 y 1982, respectivamente.
Los fusilamientos fueron justificados, en aquel momento, con una versión oficial de "intento de fuga". Como consecuencia de los disparos fallecieron Rubén Pedro Bonet, Jorge Alejandro Ulla, Humberto Segundo Suárez, José Ricardo Mena, Humberto Adrián Toschi, Miguel Angel Polti, Mario Emilio Delfino, Alberto Carlos Del Rey, Eduardo Campello, Clarisa Rosa Lea Place, Ana María Villarreal de Santucho, Carlos Heriberto Astudillo, Alfredo Elías Kohon, María Angélica Sabelli, Mariano Pujadas y Susana Lesgart.
El pueblo de Trelew no vivió ajeno a la masacre. Tras el fusilamiento, los vecinos se organizaron para reclamar y convirtieron en el centro de operaciones el Teatro Español, un edificio señorial que todavía sigue abierto frente a la plaza Independencia, poblada de pinos. Allí colgaron un cartel que decía: “Prohibido dormir” y organizaron una serie de medidas de protesta. La dictadura de Alejandro Agustín Lanusse no les perdonó ese gesto de insurrección: el 11 de octubre de 1972, un avión Hércules aterrizó en Trelew y un batallón de soldados inundó la ciudad con allanamientos y detenciones en lo que se llamó “Operativo Vigilante”. Un grupo de vecinos fue trasladado a Buenos Aires, donde fueron encerrados en la cárcel de Devoto. Tras meses de lucha, lograron su libertad. Esas historias están contadas en el notable libro “La pasión según Trelew” (1974), de Tomás Eloy Martínez y en el documental “La fuga que fue masacre” (2004) de Mariana Arruti.
La causa judicial por los fusilamientos tuvo enormes dilaciones y la sentencia llegó tarde. El 15 de octubre de 2012, el presidente del TOF de Comodoro Rivadavia, Enrique Guanziroli y sus colegas Pedro de Diego y Nora Cabrera de Monella condenaron a prisión perpetua a los ex capitanes de fragata Luis Sosa y Emilio Jorge del Real y al cabo Carlos Marandino por los asesinatos de 16 militantes peronistas y de izquierda y tres tentativas de homicidio. Varios represores fueron absueltos o no llegaron a ser juzgados. Otros, fallecieron en la impunidad.
Del gallo cantor
La Cantata “Del gallo cantor”, fue una obra compuesta en 1972 sobre poemas inéditos de Juan Gelman inspirados en la Masacre de Trelew. Prohibida en el país, la pieza fue editada en Europa y circuló en la Argentina por vías informales. Este año, el cuarteto liderado por Juan "Tata" Cedrón volvió a tocarla. Ha sido interpretada todos los sábados del mes de agosto –el último será el 22 de agosto- en el teatro Hasta Trilce (Maza 177), a partir de las 20.
"Desde que me volví a radicar en la Argentina tras mi exilio (2004) fui prudente en volver a interpretarla porque no quería que se especulara con esta obra en ningún sentido. Pero ahora un grupo de jóvenes, que conforman con La Lija una formación con visión latinoamericana, me convencieron del valor de recuperarla", le dijo Cedrón a la agencia Télam.
Mañana miércoles a las 17 horas, además, será presentado un mural restaurado en el Centro Cultural por la Memoria. La actividad está patrocinada por la Subsecretaría de Derechos Humanos y el Ministerio de Educación del Chubut, en el marco de las actividades de conmemoración del asesinato masivo.
El libro “Trelew 72”
El año pasado, para conmemorar los 42 años de la masacre, el Archivo Nacional de la Memoria de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y el Programa Memoria en Movimiento de la Secretaría de Comunicación Pública presentaron el libro “Trellew 72”, con fotos inéditas de aquellos días que fueron anticipadas el año pasado por Infojus Noticias. Se trata de un libro de fotos, que provienen del archivo del diario Jornada de la provincia del Chubut y construyen el itinerario de las luchas previas y posteriores a la llamada “Masacre de Trelew”.
Las fotografías fueron tomadas por Emilser Pereira, fotógrafo del diario, y preservadas por José Alberto “Chujo” Feldman. El material forma parte del relevamiento, puesta en valor y conservación de imágenes que fue realizado conjuntamente en el diario entre la Subsecretaría de Derechos Humanos de la Provincia del Chubut y el Archivo Nacional de la Memoria.
Durante 2015, la Subsecretaría de Derechos Humanos de Chubut difundió la publicación: hizo varias presentaciones en toda la provincia del sur, y entregó ejemplares de “Trelew 72” al diario Jornada y a las bibliotecas populares de las ciudades más importantes. A partir de un proyecto de los diputados Anibal Ibarra y Gabriela Alegre, se declaró el libro de interés de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos y se lo distinguió en agosto pasado en el Centro Cultural Barvarie.
El material seleccionado para la publicación “Trelew 72” permite advertir las continuidades en las políticas represivas ensayadas por los gobiernos que se sucedieron entre los años 1966 y 1976. Es también una vía para acercarse con mayor detalle a las apuestas ideológicas de los militantes, al mismo tiempo que evidencia el compromiso político que cuantiosos sectores sociales experimentaron por esos años en el país. El libro fue distribuido de modo gratuito por el gobierno de la provincia del Chubut y el Archivo Nacional de la Memoria en instituciones públicas que contribuyen a su difusión.
JMM/LB/AF






10 junio, 2015

“Con los militares se negociaba” 


El dirigente gastronómico criticó al Gobierno por falta de diálogo y afirmó que durante la dictadura se podía conversar. Pablo Micheli salió a diferenciarse. Generó rechazo de referentes de organismos de derechos humanos y dirigentes políticos.
barrionuevo-moyano
El titular de la CGT opositora Azul y Blanco, Luis Barrionuevo, rememoró con nostalgia a la última dictadura cívico militar para criticar al gobierno nacional por la “falta de diálogo” con el sector que representa. “En la época de los militares hacíamos paro, huelga, lucha, se conversaba, se negociaba, pero con este gobierno no tuvimos ninguna posibilidad de ningún tipo de diálogo”, comparó a pocas horas del inicio del paro que, junto a los sectores sindicales del dirigente Hugo Moyano y a la CTA Autónoma de Pablo Micheli, llevó a cabo ayer. Sus declaraciones generaron rechazos de organismos de derechos humanos, de referentes sindicales y legislativos del Frente para la Victoria e incluso de sus propios aliados.
Pocas horas antes del comienzo del paro, el dirigente gastronómico se quejó de que “hace tres años que no hay ninguna respuesta” de parte del Ejecutivo liderado por la presidenta Cristina Fernández a los “reclamos” del sector sindicalista que lo incluye. En ese sentido, relacionó la ausencia de vínculo denunciada con la forma de ser “caprichosa” de la Presidenta: “Este es un gobierno caprichoso, es el capricho que tiene la Presidenta, es su formación y su manera de ser, la conozco de cuando era senadora”, criticó. “Queremos soluciones, pero no hay ningún tipo de conversación”, advirtió en una breve entrevista que el canal América emitió ayer por la mañana, en la que comparó el vínculo entre la línea gremial que representa y el gobierno nacional con la relación mantenida con la última dictadura cívico-militar. “En la época de los militares hacíamos paro, huelga, lucha, se conversaba, se negociaba”, mencionó.
Por la tarde, durante la conferencia de prensa que compartió con los otros dirigentes de los gremios que convocaron a la medida de fuerza, intentó justificar su reivindicación de la época del terrorismo de Estado. “No hagas macanas”, lo introdujo el titular del gremio de Camioneros, Hugo Moyano. “Los militares habían escuchado a la dirigencia sindical porque en la CGT había interventores militares”, intentó aclarar. Y criticó al Gobierno por tener como jefe del Ejército a César Milani.
No obstante los intentos de explicar la poco feliz frase, el gastronómico despertó rechazos desde numerosos sectores. Micheli, socio de Barrionuevo en la medida de fuerza desarrollada ayer, consideró que sus dichos fueron “una barbaridad”. “Me caen mal porque desaparecieron compañeros, decir que se podía negociar con la dictadura me parece una barbaridad. Yo no lo comparto”, aclaró y añadió: “Hay que ir a la historia de cada uno: ¿cuándo vieron a Víctor De Gennaro o a Pablo Micheli diciendo que se podía negociar con la dictadura?”, se preguntó.
El diputado nacional e hijo del dirigente camionero, Facundo Moyano, cercano hasta hace poco al Frente Renovador, expresó ayer, vía Twitter, su “enérgico repudio” a los dichos del aliado de su padre y apuntó que “si hubo un sujeto social víctima de la dictadura cívico-militar fueron los trabajadores argentinos”.
En los mismos términos, el bloque de diputados del Frente para la Victoria rechazó la comparación del sindicalista por considerar que “representa un agravio a los miles de trabajadores que enfrentaron a la dictadura genocida y que pagaron con la cárcel, la desaparición y la muerte”. En el texto, apuntaron que los dichos de Barrionuevo “representan un insulto a los organismos de derechos humanos, a su larga lucha y a la política de Memoria, Verdad y Justicia que desde 2003 impulsa el Gobierno que hoy preside Cristina Fernández de Kirchner, siendo patrimonio ya de todo el pueblo argentino”.
Para el dirigente de la CTA de los Trabajadores, Hugo Yasky, las declaraciones del sindicalista fueron “confesiones, no declaraciones”. “Le puso palabras a algo que todos los que somos dirigentes sindicales sabemos y es que hay dos vertientes del sindicalismo: los que dialogaron y fueron interlocutores de la dictadura y los que la enfrentaron e intentaron defender los derechos de los trabajadores”, reflexionó. Cabe recordar que Barrionuevo fue designado “delegado normalizador” de la obra social del gremio de los trabajadores gastronómicos en 1979 por Carlos Manuel Valladares, quien intervenía el sindicato por encargo de los militares. “Existió un Barrionuevo que dialogó con los militares, pero también existió un Oscar Smith, ex secretario general de Luz y Fuerza, que enfrentó a la dictadura como tantos otros que intentaban defender su convenio colectivo”, diferenció Yasky, quien, por último, propuso tomar los dichos del gastronómico para “empezar a tirar de ese hilo que permitirá poder ver de qué lado estuvieron los dirigentes sindicales cuando hubo una dictadura genocida que se ensañó con trabajadores y trabajadoras”. Desde la agrupación gremial docente Ctera apuntaron que “en una etapa histórica donde los genocidas están encarcelados y se comienza el juicio con los responsables civiles de aquella asesina dictadura los dichos de Barrionuevo son una afrenta a la histórica lucha por Memoria, Verdad y Justicia”.
En esa línea también se expresó Hebe de Bonafini, presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, quien confirmó que Barrionuevo “dijo la verdad” y que tanto él como “(Hugo) Moyano y el Momo (Venegas) siempre estuvieron con los milicos y delataron a los compañeros”. “No hay que alarmarse. Es bueno que escupan la verdad. Ellos hablaban, negociaban y estaban de acuerdo con los milicos”, aseguró Bonafini, que advirtió luego que “van a tener que pagar por esa complicidad”. La presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, dijo que la Justicia debería investigar en qué se benefició Barrionuevo con la dictadura. “Se olvida de sus compañeros, si es que los consideró así, ya que centenares fueron desaparecidos.”









"Nosotros creemos que hay sugestivos motivos por los cuales se quiere dividir al país en peronistas y antiperonistas. Con el mismo derecho, nosotros señalamos que la división que debe hacerse no es así, sino entre quienes están consecuentemente con la lucha del pueblo y quienes están con la entrega. Yo no soy antiperonista, siento un gran afecto por muchos compañeros peronistas, convivo con ellos y lucho con ellos. Y a su vez en perspectiva pretendo esa unidad combativa con los compañeros peronistas, con las fuerzas de izquierda y revolucionarias. Eso no está aquí, pero sí en la CGT de Córdoba y creemos que en el plano político en general, por eso no nos detenemos en el 11 de marzo, porque la historia está más allá de esa fecha y se construirá con todos los que hemos luchado juntos, peronistas y no peronistas, radicales, marxistas, cristianos, ateos, comunistas, se construirá de esta manera como se está construyendo en Latinoamérica, pero no con alianzas que evidentemente le dan un carácter espurio a ese programa."

Agustín Tosco









CUALQUIER SEMEJANZA CON LA REALIDAD POLÍTICA ACTUAL, NO ES PURA COINCIDENCIA...







Dialogo entre Rene Salamanca y John William Cooke


"ME CAGO EN PERON." JOHN WILLIAM COOKE



 «Cooke y René Salamanca están en la calle 27 de Abril, en la casa de los mecánicos (en algún momento de 1959), y ahí tienen un diálogo trascendente. Salamanca dice a Cooke:

–Mirá, Gordo, el problema es éste: los obreros son peronistas, pero el peronismo no es obrero. Cooke responde:

–Si el peronismo fuera obrero como los obreros son peronistas, la revolución la haríamos mañana mismo.

–Y sí, claro –dice Salamanca–. Tenemos que conducir a la clase obrera al encuentro con su propia ideología. Que no es el peronismo.

–Estás equivocado –dice Cooke–. Eso es ponerse afuera de los obreros. Eso es hacer vanguardismo ideológico, Salamanca. Recordá el brillante consejo de Lenin: hay que partir del estado de conciencia de las masas. ¿Está claro, no? La identidad política de los obreros argentinos es el peronismo. No estar ahí, es estar afuera, es quedarse afuera.

Salamanca, muy firme, dice: –Bueno, compañero. Entonces nosotros estamos afuera. Afuera del peronismo y sobre todo afuera de la conducción de Perón.

Cooke, irónico, sonríe. Tiene algo sorpresivo para decirle a Salamanca. Antes, lo agrede un poco. Siempre con estima, con respeto, pero no deja de decirle lo que duele de los tipos como Salamanca, de la izquierda obrera argentina. A los cordobeses combativos.

–No hay caso entre ustedes y Perón, ¿eh? Cómo les jode, che. “Bonapartista.” “Nacionalista burgués.” A veces, “fascista”. Pero todo lo que le dicen, también “populista” y algo más que seguramente olvido, son distintas formas de decir lo mismo, Salamanca. Que Perón no representa los verdaderos intereses de la clase obrera. Que la clase obrera argentina tiene un líder y una ideología burgueses. Bueno, mirá, escúchame bien. –Y aquí dijo su frase sorpresiva. La frase más inesperada de la noche. Ahí, en la calle 27 de Abril, la calle de los mecánicos.

Dijo Cooke: -Yo me cago en Perón.

Salamanca responde: –Nosotros también nos cagamos en Perón. Parece que estamos más de acuerdo de lo que creíamos.

–No –dice Cooke–, no estamos de acuerdo. Porque ustedes se cagan en Perón de una manera y yo y los peronistas como yo de otra. Porque, para ustedes, compañero, cagarse en Perón es quedarse afuera. Afuera de Perón y de la identidad política del proletariado. Mientras que para nosotros, cagarnos en Perón es rechazar la obsecuencia y la adulonería de los burócratas del peronismo


Para nosotros, Salamanca, para mí y para los peronistas como yo, para los peronistas revolucionarios, cagarnos en Perón es creer y saber que el peronismo es más que Perón. Que Perón es el líder de los trabajadores argentinos, pero que nosotros, los militantes de la izquierda peronista, tenemos que hacer del peronismo un movimiento revolucionario. De extrema izquierda. Y tenemos que hacerlo le guste o no a Perón. Porque si lo hacemos, compañero, a Perón le va a gustar. Porque Perón es un estratega y un estratega trabaja con la realidad. Una realidad que, más allá de sus convicciones que son muy difíciles de conocer, Perón va a tener que aceptar. Porque Perón, Salamanca, ya no se pertenece. Quiero decir: lo que no le pertenece es el sentido político último que tiene en nuestra historia. Porque Perón va a tener que aceptar lo que realmente es, lo que el pueblo hizo de él: el líder de la revolución nacional y social en la Argentina. Esa es, entonces, compañero, en suma, mi manera de cagarme en Perón»...














































Cumbre con los compañeros maoístas


CFK estuvo con uno de los nueve miembros de la conducción del Politburó, quien vendrá a Buenos Aires este año. Destacaron la importancia de los acuerdos firmados. La Presidenta habló de un origen cercano entre el peronismo y el maoísmo. 

Por Fernando Cibeira 

Cristina compara el Peronismo con el Maoísmo 

Desde Beijing 

La Presidenta pasó sus últimas horas en la capital china con encuentros con integrantes de la cúpula del Partido Comunista. En su hotel se reunió con Zhou Yangkang, secretario de Política y uno de los nueve miembros de la conducción del Politburó, con quien arregló una visita a Buenos Aires para antes de fin de año. También estuvo con el primer ministro, Wen Jiabao, y con el presidente de la Conferencia Política, Jia Quinglin. Obviamente, con todos analizó la importancia de los acuerdos firmados el día anterior con el presidente Hu Jintao, tema excluyente de la portada del China Daily, el principal diario nacional en inglés. “Esta visita ha sido más que buena, los resultados son excelentes”, evaluó Cristina Kirchner. Hoy cerrará su visita en Shanghai, la ultramoderna capital económica y financiera del país. 

Los nueve miembros del Buró –la “mesa chica” que define las políticas que lleva adelante China– fueron elegidos por cinco años en el 17º Congreso del PC, con lo que tienen mandato hasta 2012. Todo indica que Hu Jintao no seguirá y asumirá una nueva conducción. Ex ministro de Seguridad Pública, Zhou Yangkang es el integrante de la mesa que se ocupa de las cuestiones políticas y también está a cargo del manejo de las relaciones exteriores del partido. Socarronamente, en la comitiva argentina lo definían como “el canciller de verdad”. 

Zhou Yangkang viajará a Buenos Aires junto con otros integrantes de la conducción del PC y, entre otras cosas, se reunirán con las autoridades del Partido Justicialista que encabeza Néstor Kirchner. Curioso, la Presidenta también se ocupa de la agenda de su marido. El martes prometió a Hu Jintao un contacto en su carácter de secretario general de la Unasur, ayer armó otro en su condición de mandamás justicialista. 

Fue una entrevista de carácter político. “Ellos le asignan –nosotros también, obviamente– una enorme importancia a la visita que harán”, explicó a la salida Cristina Kirchner, que también mencionó que el peronismo y el maoísmo tenían un origen cercano. 

Cosa rara, luego del encuentro hizo un poco de lobby en el hotel, un hábito que le calza más a su marido en los viajes. Pero fueron unos pocos minutos en los que conversó con el canciller Héctor Timerman, el embajador argentino en Beijing, César Mayoral, y luego se sumó también el ministro de Agricultura, Julián Domínguez. Cuando le hicieron señas de que el operativo ya estaba listo, salieron hacia la sede de la Asamblea Popular, donde ya la esperaba Jia Quinglin, presidente de la Conferencia Política. 

De allí salió disparada a la sede del Consejo de Estado. Con una agenda apretada, se encontró con Wen Jiabao, el número dos del gobierno chino. En todos los encuentros hubo un repaso de los acuerdos firmados entre los dos países y elogios mutuos por el potencial de la alianza estratégica. 

“Estamos muy contentos. Las cosas van muy bien para los argentinos y creemos que también para los chinos, porque tal como comenté creo que somos complementarios y podemos hacer una muy buena sinergia”, evaluó la Presidenta los resultados de la visita a Beijing. “Creo que se viene un mundo muy diferente, muy complejo, y que nosotros vamos a estar muy bien posicionados en ese mundo”, siguió. 

Anoche llegó a Shanghai, donde cumplirá una agenda de tres puntos con los que cerrará el periplo chino. Por la mañana se reunirá con el alcalde, luego mantendrá un encuentro con los líderes de las principales empresas privadas del país y terminará recorriendo el pabellón argentino en el Expo Shanghai, que recientemente llegó al millón de visitantes. “Para nosotros es un montón”, consideró la Presidenta, que admite el mareo por las cifras y las escalas de lo que se habla todo en China. 

Página|12, 15/07/10 


Anguita
Creo que sería un grave error pensar en que existe una identidad kirchnerista rígida. En su versatilidad y en sus reacomodamientos radica lo que para mucho permite su fortaleza y para otros es una indudable muestra de debilidad. Quien escribe estas líneas fue militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores-.Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT ERP) y no coincidía (desde un lugar irrelevante por cierto y aceptando su compromiso revolucionario por encima de sus posturas personales) con la visión del peronismo planteada por Mario Santucho que lideraba las posiciones políticas de la dirigencia perretista. A principios del 73, recién vuelto de Cuba donde  estuvo tras la fuga de Rawson, Santucho estaba convencido de que la llegada de Perón a la Argentina era para salvar el capitalismo. El mismísimo Fidel Castro le había marcado sus diferencias con esa postura. Quien escribe estas líneas, cuando se creó el ERP 22 de agosto, pensó en sumarse  a esa fracción, para dar apoyo al gobierno de Cámpora. Fue Daniel Hopen, un tipo más que lúcido, quien me advirtió algo sustantivo en los procesos revolucionarios: “En el ERP 22, lamentablemente, no hay capacidad dirigente. El único líder es el Negro Robi…”. Hopen ya había dado el paso fuera del PRT y este humilde militante siguió los consejos de quien era su referente teórico y conceptual. Poco tiempo después, pero eso ya es otra historia, yo caía preso  y en el 76 Hopen era secuestrado y está desaparecido.
Esta pequeña introducción puede servir para que el lector despeje la cuota de subjetividad que cada cual tiene, de acuerdo  a su historia, con el peronismo y la izquierda. Ya a esa altura sobraban los ejemplos  de militantes, dirigentes sindicales e intelectuales que se sumaban  al peronismo sin dejar de ser de izquierda ni tener el complejo de que perdían “su cultura de izquierda(s)”. Pero en ese entonces, para muchos militantes —incluidos los de Montoneros o FAR o FAP— había un tema crucial: la organización revolucionaria. Ni más ni menos que el núcleo de acero, en términos más leninistas. El partido de cuadros era condición sine qua non para una revolución hecha e izquierda.
Pasadas  cuatro décadas  o más, no hay en vistas una revolución en aquellos términos, ni una guerra fría con un bloque soviético y otro norteamericano. El Peronismo, como tantos movimientos populares,  está instalado ahora  en  el  inconsciente colectivo de buena parte de la militancia social y política como la memoria de la resistencia y de la heroicidad. Siguiendo a Alejandro Horowicz en su buen estudio de Los cuatro peronismos, me animaría a decir que también estuvo instalada la idea del peronismo como puerta de acceso al neoliberalismo. Pero cosas similares pasaron  con otros bloques  con historia política, más o menos democrática, más o menos popular (o “populista” en una versión pretensiosa de ciertas mentes que se consideran “la izquierda”).
Néstor Kirchner no inventó la pólvora. El territorio político en el cual se desarrolla esta etapa de la Argentina tiene muchos vasos comunicantes con las historias argentinas (en plural) y jamás cerró las puertas a las miradas y las conductas “por izquierda”. Al revés, son más que valoradas las trayectorias de militancia y compromiso a la hora de sumar cuadros  de organizaciones sociales, sindicales, de derechos  humanos,  académicos, comunicadores, etc. Y logró armar un gobierno de mayorías con consignas que, ni remotamente, lograban consensos de más del 25% de la sociedad hasta pocos años atrás. No sólo los de los juicios a genocidas sino también en prácticas que colocan al Estado con un rol activo y hasta capaz de actuar sobre empresas multinacionales.
Una última consideración, para poder limitar la extensión de este brevísimo texto al pedido de los organizadores. Se creó un mito entre cierta gente de “izquierda”. El de que pertenecer a esa cultura requiere ser sumamente conservador.  Es decir, mirar un relato del pasado en el que uno se delata como de izquierda cuando lleva un kit completo de cosas anteriores (ciertas lecturas o dogmas o personajes centrales de la historia que no estuvieron contaminados por el policlasismo peronista). Y, la verdad, ser de izquierda era otra cosa totalmente distinta para muchos que no despreciábamos la teoría ni el análisis serio del presente que nos tocaba vivir. Ser de izquierda era organizar a los sectores sociales más desposeídos, buscar a los grupos y personas con más disposición y audacia para ser representantes en sus lugares de trabajo o sus barrios. Era la decisión de encontrar el momento justo para disputar a los poderosos y dar muestras al resto de la sociedad de que el cambio era posible. Era, en definitiva, ir sumando fuerzas para que la correlación resultara, paso a paso, más favorable para los sujetos sociales y políticos decididos a liberar al país y al pueblo. Es cierto, el paso a paso parecía una eyaculación precoz. Pero eso es visto con el diario del lunes.
Ahora es difícil saber si los centros de poder internacional tienen respuestas y fuerzas para detener este camino —no transitado anteriormente, ni por casualidad, porque  no tiene muchas similitudes con el primer peronismo— como tampoco es fácil advertir si tendrá la fuerza propia como para consolidarse o sufrirá, como tantas veces en el continente, el embate de las fuerzas que se opusieron históricamente a la permanencia de las fuerzas populares en el ejercicio del gobierno.
Tampoco se puede anticipar si cierta parte de la dirigencia se mantendrá sólida y unida en caso de que haya embates fuertes de las multinacionales y de sectores conservadores. Menos aún se puede predecir si la sociedad marcará límites a la disociación que a veces se crea entre funcionarios del Estado y el hombre y la mujer común. En fin, las dudas pueden desgranarse y son motivo de consideraciones para no comprar ningún kit completo a la hora de las imprescindibles abstracciones e imprescindibles valoraciones que cada persona  o grupo político haga de este territorio extenso y en movimiento llamado kirchnerimso.
Pero, más allá de eso, en algo uno puede definirse como revolucionario, aun sin tener una cultura de izquierda. Es en la disposición a poner el cuerpo y comprender cabalmente que, para ganar una disputa, hay que atreverse.

(Eduardo Anguita)




La izquierda es una heredera crítica del proyecto de la Ilustración, crítica pero heredera al fin. Karl Marx, el más influyente de los fundadores teórico-politicos de la principal familia de las izquierdas (el socialismo y sus descendientes, los comunismos del siglo XX, con todas sus variantes), no sólo suscribió sino que radicalizó el programa  de la Ilustración. Hizo suya, colocándola  en el corazón mismo de su sistema teórico, la idea matriz iluminista de que el mundo, tanto el físico-natural como el humano, debía ser concebido como una totalidad estructurada cuya intrínseca racionalidad y cuyas leyes de movimiento podían ser aprehendidas conforme a un método (o un conjunto de métodos) adecuado(s) (llámese  método científico o dialéctica). Esa capacidad humana de descifrar no sólo los secretos del mundo  físico-natural sino también, y sobre  todo, los jeroglíficos de la actividad humana estaba, en el núcleo teórico del pensamiento marxiano, intrínsecamente vinculada a la capacidad de transformarlos. La transformación revolucionaria de la sociedad era posible porque  ésta era cognoscible. Pero, añade Marx, y éste es sin duda el meollo de la “filosofía de la praxis” de raíz hegeliana, ésta es cognoscible en la medida en que es transformable. El conocimiento es concebido aquí no como pasiva contemplación o reflejo de lo real en la mente humana, sino como praxis humana transformadora, inherente a la acción del trabajo sobre la naturaleza y a la acción política sobre la sociedad.
Ahora bien, si es cierto que Marx cuestiona lo que para el materialista ilustrado es el fetichismo de la “objetividad”, la “realidad objetiva” exterior al sujeto del conocimiento —al postular el carácter relacional de lo social (el mundo  social mismo como praxis humana totalizada)—, no es menos cierto que al mismo tiempo no solo no desconoce sino que está imbuido de la confianza racionalista, propia de la Ilustración, de una realidad estructurada como un todo susceptible de ser aprehendida (sean sus leyes de hierro, de bronce o de corcho) y al mismo tiempo transformada (ya sea la Naturaleza por el trabajo, la ciencia y la técnica; ya sea la sociedad por el Proletariado).
La confianza de Marx en la razón  —ciertamente, una razón dialéctica, inmanente al proceso  histórico—, en las ciencias, en el progreso  —en cuyo altar se sacrificaban milenarias tradiciones, creencias y culturas—; y, en definitiva, en la intrínseca unidad, universalidad y potencial autoemancipación del género humano, no eran meras creencias decimonónicas, adherencias suceptibles de ser extirpadas quirúrgicamente de su sistema de pensamiento. El proyecto del socialismo como sistema universal, susceptible de exceder y transcender al capitalismo, heredando y potenciando más allá de los estrechos límites nacionales de las burguesías y sus Estados valores  universales, prometiendo no sólo la emancipación social (de clase), o la emancipación de la mujer, o la de los jóvenes, o la de las minorías oprimidas, sino la emancipación humana misma, se fundaba en esas ideas matrices de la Ilustración.
Asistimos, en las últimas décadas, al fracaso de este proyecto colosal, tanto en sus versiones socialdemócratas como comunistas, sean ésta la soviética o la china, la yugoslava o la vietnamita. Aunque estos proyectos estaban agotados desde  mucho tiempo antes que 1989, puede afirmarse que no existe hoy, más allá de focos puntuales de resistencia social emancipatoria (o reaccionarios, como los fundamentalismos religiosos), un proyecto global alternativo a la arrasadora globalización capitalista.
Con este fracaso, asistimos pues al impúdico triunfo mundial del único proyecto universalista que quedó  en pie: la globalización del capital. Mientras las izquierdas no logren  refundar  un proyecto alternativo, digamos una alterglobalización, ciertas resistencias a la misma van a nutrirse del pensamiento reaccionario de la anti-Ilustración, sea en una u otra de sus vertientes.
El movimiento anti-ilustrado, que de modo emergente cuestionaba ya con Vico la existencia de leyes universales y afirmaba la unicidad de cada una de las culturas, alcanzó su primer umbral con Hamann, el teólogo alemán que sostenía que la verdad no podía ser universal sino particular, pues la razón era un pobre instrumento humano exterior a las cosas mismas y por lo tanto incapaz de descifrar los designios de Dios al crear el mundo, las plantas y los animales. Fue su discípulo Herder —y sigo aquí el hilo del conocido ensayo  de Isaiah Berlin, “La contra-ilustración”— quien atacó el carácter abstracto y totalizante de la razón ilustrada en nombre  de un conocimiento fundado  en la individualidad y el “sentir dentro”. No hay, pues, criterios racionales y universales que permitan fundar idea alguna de Progreso, pues cada cultura o totalidad orgánica tiene su propio “centro de gravedad”. Si bien Herder no fue nacionalista, los nacionalismos culturales y políticos se sirvieron a gusto de su obra. Por su parte, al famoso ataque de Burke contra los principios revolucionarios franceses en nombre  de los “miles de hilos”, invisibles a la razón ilustrada, que atan a los seres humanos  dentro de un todo históricamente sagrado,  se sumaron  las influyentes y sombrías doctrinas de Joseph de Maistre: no es posible fundar  un orden social en la razón, pues esta es controvertible y por lo tanto destructible; el único modo de someter la naturaleza agresiva del hombre es bajo la autoridad inapelable de una iglesia, un Estado o una élite aristrocrática. La razón conduce, pues, a la discusión y finalmente a la rebelión; siendo la “irracionalidad” la efectiva garantía de la paz, el orden y la seguridad.
Siguiendo estas líneas necesariamente generales,  señalemos que fueron  los nacionalismos anti-ilustrados europeos los que nutrieron el pensamiento nacional-populista latinoamericano. Contra la idea de una línea civilizatoria de origen europeo  o norteamericano, levantaron formas alternativas de desarrollo nacional, regional y local a la expansión del capitalismo en sus territorios. El clásico e influyente ensayo de Fermín Chávez, Civilización y barbarie en la historia de la cultura argentina(1956), se fundaba precisamente en una serie de dualismos que remitían a la confrontación Ilustración / Anti-Ilustración: Civilización (europea) / Barbarie (americana); Liberalismo (europeo)  / Nacionalismo (argentino, latinoamericano); constitución formal / constitución real/material (fundada  en las costumbres, tradiciones, suelo…); Buenos Aires / Provincias; élites letradas (doctores, intelectuales) / Pueblo (trabajadores + ejército); Progreso / Soberanía; ideas “espúreas”, “postizas”, “ficticias”, producto de “infusión”, “transplante”, “importación” / cultura “raigal”, “endógena”, “originaria”; “saber libresco” / “saber popular”.
Ciertamente, el triunfo del programa  anti-ilustrado alimentando las culturas de resistencia al proyecto civilizatorio del capitalismo no sucedió repentinamente en 1989. Los nacionalismos primero y los populismos enseguida después  desafiaron con éxito el universalismo y el racionalismo de las izquierdas clásicas, ya desde  los años 1940. De nada sirvieron las críticas de aquellos que, como Borges, mostraron las paradojas  del origen “foráneo” del nacionalismo, o del anti-intelectualismo que profesaban los propios intelectuales nacionalistas. Numerosos estudios han señalado el repliegue del programa  izquierdista de raíz ilustrada y la progresiva adopción de las ideas y valores del programa anti-ilustrado por parte de lo que dio en llamarse la “nueva izquierda” en América Latina. Claudia Gilman mostró en su libro de referencia el efecto desarmante que tuvo para las izquierdas clásicas y sus intelectuales, esto es, para cualquier programa  basado en ideas, programas,  proyectos, la inesperada irrupción en enero de 1959 de una “revolución sin teoría”; acto seguido, una ola de anti-intelectualismo culposo cundió en la segunda mitad de los años sesenta entre los propios escritores cuando  la pluma del intelectual aparecía como ineficaz frente al fusil del guerrillero y un privilegio frente a la herramienta manual del pueblo trabajador.
Sin embargo, este anti-intelectualismo de raíz populista tenía precedentes a la Revolucion cubana, como lo evidenciaba en nuestro país ya en la década de 1950 un filósofo argentino formado en la Sorbonne  y desde las páginas de una revista sofisticada y para minorías como Contorno: el peronismo, escribía León Rozitchner, había venido a “desnudar” con su caída la crisis argentina; y en ese sinceramiento, los intelectuales de origen burgués  o pequeñoburgués habían puesto de manifiesto su inoperancia y su desconcierto. Debían buscar puentes hacia la clase obrera, pues era ella la que representaba la negación dialéctica del orden burgués. La razón en acto del proletariado podía subsanar  la inoperancia de la razón abstracta del intelectual ilustrado. Aunque este programa se enarbolaba en nombre del marxismo, era el triunfo de Sorel sobre Marx. Siguiendo el camino abierto por Puiggrós y por Ramos, también esta franja de intelectuales marxo-frondicistas pondrían el eje en la “liberación nacional”. Ciertamente, añadían “y social”, aunque la dimensión social de la emancipación humana (esto es, el socialismo) se desdibujaba crecientemente frente al ensanchamiento de la liberación nacional (esto es, el peronismo).
Lo mostró Carlos Altamirano en el libro que se cita en la pregunta bajo la forma de autoculpabilización de las clases medias, así como también Oscar Terán había revelado en Nuestros años sesentas cómo el “proceso al liberalismo” que postulaba un nazionalista como García Mellid, por citar un título emblemático de los años 1950, fue progresivamente asumido por la intelectualidad de izquierda, que se peroniza masivamente entre fines de la década de 1960 e inicios de la siguiente.
El proceso  kirchnerista en curso, aprovechando no solo el “viento de cola” del alza de los precios de las commodities sino también el de la crisis de la modernidad, atrajo buena parte de lo que quedaba de la intelectualidad de izquierdas. Aunque nadie se atreva a afirmar que se trata de una revolución, bien puede afirmarse que el kirchnerismo aparece  como un proceso  de de transformaciones sociales y políticas significativas que no fueron jamás anunciadas en programa  alguno ni debatidas en ninguna instancia colectiva. Los intelectuales ilustrados de los ‘60 sucumbieron a los encantos anti-intelectualistas de una “revolución sin teoría”; hoy, otra franja intelectual izquierdista, sucumbe ante el encanto irresistible de la reforma sin programa. Estos intelectuales parecen haber sacado la conclusión que la función clásica con la que estaban comprometidos (cuestionar las prácticas políticas, sociales y culturales conforme  a cierto entramado de valores y razones universalistas, llámese “socialismo”, “anarquismo”, etc.) los mantenía confinados en la marginalidad. Es así que buena parte de los últimos izquierdistas ilustrados asumieron no sin torsiones la impotencia de la razón crítica y pasaron a ser los legitimadores de las transformaciones prácticas; cansados de buscar en vano la realización de la razón, se convirtieron en racionalizadores de lo real, del rol de ilustrados pasaron al papel de ilustradores.
Entre ellos, mentar la tradición ilustrada de la izquierda es, como dice el refrán, mencionar la soga en la casa del ahorcado. Cualquier estudiante de filosofía política podría señalar frente a estas dos grandes tradiciones de la modernidad, la ilustrada y la anti-ilustrada, innumerables ejemplos de claroscuros, tensiones, préstamos. Todos sabemos  que Rousseau fue romántico al mismo tiempo ilustrado, que Hegel y Goethe ensayaron síntesis entre el pensamiento ilustrado y el romanticismo, que Herder admiraba a Diderot y que a su modo  intentó concebir una Idea de Humanidad que articulase la suma de las culturas, que fue el joven Marx —influido por Rousseau—  el que ensayó la crítica más acerba  a la ideología de los derechos  del hombre; que el último Marx reconsideró su juicio despectivo acerca de los populistas rusos; que Horkheimer y Adorno mostraron que la lógica de los totalitarismos modernos no era otra que la razón instrumental; y que la historia del socialismo, de William Morris a E.P. Thompson,  y de Pierre Leroux a Michael Löwy pasando  por Benjamin, se vio atravesada por el pensamiento del ala revolucionaria del romanticismo.
Todo esto es bien conocido. Pero lo que me interesa remarcar es la vigencia fundante y matricial de estas dos grandes líneas, la ilustrada y la anti-ilustrada, en la conformación de las ideologías contemporáneas, en la medida en que estas grandes  líneas continúan alimentando las culturas políticas del presente. Las grandes figuras políticas e intelectuales de la época contemporánea —el jacobino y sus herederos, los izquierdistas, por una parte; y el anti-ilustrado y sus herederos, los nacionalistas y los populistas, por otra— serían incomprensibles sin acudir a ellas. Se me dirá que en las izquierdas reales y en las culturas políticas realmente existentes estas figuras existen confundidas. Ciertamente. Pero insisto: todas las políticas que buscan fundarse en ideas, proyectos, programas, remiten en última instancia a la tradición ilustrada y jacobina. Y todas las políticas que reniegan de esos fríos instrumentos exteriores y buscan fundar su legitimidad en la bondad y la sabiduría intrínsecas de la cultura, la religión y la tradición de un pueblo, remiten en última instancia a la tradición historicista y nacionalista anti-ilustrada.
Generalizo, desde ya. Pero es para remarcar  la dificultad con la que se encuentran amplias franjas de la izquierda intelectual para discernir entre estas dos grandes tradiciones más allá de sus préstamos y sus cruces, para aceptar incluso su existencia histórica. La izquierda ilustrada —un Habermas, por citar un caso emblemático dentro de la izquierda moderada— no duda en asumir críticamente la herencia de la Ilustración. En el otro extremo, el populismo (que siempre fue anti-ilustrado) tampoco vacila en asumir su herencia. El problema  se plantea para el arco de intelectuales izquierdistas que, proveniendo de la izquierda ilustrada, viene haciendo suyo el programa de la anti-ilustración (ya sea por la vía del posmodernismo, ya sea por la del populismo, o por una yuxtaposición entre ambas): el reconocimiento mismo de estas dos vertientes históricamente rivales y antagónicas lo sume en una franca incomodidad. Producto de esa mala conciencia, viene llevando a cabo las más forzadas  operaciones de inscripción en la tradición anti-ilustrada a esos  herederos críticos de la Ilustración que fueron  Gramsci, Benjamin y Mariátegui, los tres y a su modo cabalmente socialistas e internacionalistas, los tres enemigos de los nacionalismos.
La izquierda no puede sino nutrirse de esta confrontación histórica entre estas matrices rivales, que persiste en el presente. El romanticismo o el posmodernismo han planteado críticas fecundas a la Ilustración que la izquierda no puede sino conocer a fondo, y en cierto modo y hasta cierto punto, pueden  nutrir su propia crítica al programa  ilustrado (sin ir más lejos, en este mismo número dePolíticas de la memoria, publicamos la crítica de Sorel al marxismo). Como señalaba  Anderson  en la Introducción a Spectrum: La derrota es una experiencia difícil de dominar: siempre hay la tentación de sublimarla. Mas para superarla  es necesario poder mirar a la cara a los adversarios teóricos, sin indulgencia ni autoengaño. Eso exige una cultura de curiosidad y crítica que no se contente con mantenerse en las tradiciones de la propia izquierda, donde  la inclinación general  de las tendencias políticas al autoensimismamiento se ha intensificado en general debido a la mentalidad de sitio experimentada por cualquier formación minoritaria.
Sin embargo, la izquierda no tiene nada para ganar y tiene todo para perder  si se subsume  o se hibrida con el nacional-populismo. Las experiencias históricas de izquierdas sobrdinadas a (o integradas en) los nacionalismos terminaron no solo en penosas asimilaciones, sino en verdaderas catástrofes (desde  los comunistas turcos masacrados tras su integración en el seno del nacionalismo de Mustafá Kemal, pasando  por los comunistas chinos asesinados en 1927 en el marco del apoyo de la Komintern al nacionalismo de Chian Kai-Shek, hasta llegar a los Montoneros en el peronismo de los años 1970).
La izquierda no puede  desconocer la penetrante crítica foucaultiana de la modernidad, pero tampoco puede  olvidar que el autor de Qué es la Ilustración apoyó de modo entusiasta la llamada Revolución Islamista del Ayatolah Komeini: una verdadera contra-revolución teocrática que, por otra parte, ni siquiera se privó de actualizar las viejas tecnologías religiosas de dominación con otras más modernas  de propaganda,  vigilancia  y guerra. Entonces, si cuestionamos desde  la izquierda “las ilusiones del Progreso”, debemos  saber también que si renunciamos de antemano a establecer colectivamente (políticamente) cualquier criterio de valoración y elección entre dos culturas, dos etapas o dos regímenes, el desarme teórico es fatal. Ya no sería posible, siquiera, hablar de revoluciones o contrarrevoluciones, términos que no harían más que delatar megarrelatos de inspiración teleológica… Los significativos avances que, con respecto al ciclo neolibe-
ral, representan los nuevos  gobiernos nacional-populistas latinoamericanos —quienes, con sus enormes variantes, expresan la emergencia todavía insegura de un nuevo ciclo neo-desarrolista en el continente— deberían ser un punto de reconocimiento y de partida para la izquierda. Su tarea, precisamente, no nace de su eventual fracaso: al contrario, comienza más allá del keynesianismo. La izquierda dogmática, sin embargo, los tiene que negar, pues hace años que viene anunciando apocalípticamente el Fin del capitalismo y, por lo tanto, la inviabilidad de cualquier retorno neokeynesianismo (mucho más en la periferia capitalista). Para el Partido Obrero (PO), el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) o el Partido Comunista Revolucionario (PCR), el kirchnerismo es lisa y llanamente inconcebible. Otro sector de la izquierda asistió atónito al acontecimiento que fue incapaz de concebir: entonces arrojó lejos los trastos de la teoría y se prosternó ante los hechos. Tampoco puede  pensar  el kirchnerismo, solo puede racionalizarlo.
Entre la izquierda dogmática, por un lado, y la pragmática, por otro, ha quedado  un margen estrecho, pero sin embargo es posible vislumbrar que una izquierda virtual habita allí: no tiene expresiones políticas, pero está presente y activa en espacios sociales, culturales e intelectuales muy diversos. La apuesta política potencial de ese sector, ante la eficacia de los populismos realmente existentes, generadores de cambios sociales (no revolucionarios pero significativos) y verdaderas maquinarias de construcción y reproducción de poder, es, pues, difícil, pero no imposible. Por lo pronto, no tendría por qué pagar el costo de negar la realidad, ni tampoco el de mimetizarse con ella.
Entonces, si ha de haber un movimiento socialista en el siglo XXI digno de ese nombre, o que recupere la dignidad que una vez tuvo ese nombre, será sobre la base de renovar, reactualizando y reformulando la promesa  emancipatoria, universalista e internacionalista del siglo XIX, por lejana que nos parezca  hoy. La izquierda de raíz ilustrada, en sus vertientes más ricas (de Lukács a Gramsci pasando por Benjamin y Adorno) hace casi un siglo que viene poniendo en cuestión el racionalismo abstracto, el determinismo tecnológico y la teleología con que se informó buena parte del proyecto socialista del siglo XX. Sin embargo, hay algo del proyecto ilustrado al que la izquierda no puede  renunciar, a riesgo de dejar de ser sencillamente izquierda: a postular un programa que imagine, que anticipe, por así decirlo, la realidad, proyecto concebido conforme a los postulados de la razón, por más historizada, consensuada, anti-instrumental y deseante que hoy concibamos a dicha razón.
El enorme  desafío, entonces, consiste en articular un nuevo proyecto civilizatorio pluricultural que logre exceder los marcos nacionales y estatales de las burguesías locales, capaz de construir vínculos e instituciones más allá de las relaciones mercantiles, que pueda imaginar y ensayar formas de organización y gestión colectivas de la economía, las comunicaciones, los transportes y el conjunto de la vida social y política más allá de la oposición irreductible entre nacionalismo e imperialismo, Plan y Mercado, control central total y “mano invisible”; sin que quedemos atrapados en el chantaje de tener que escoger  entre el burócrata y el capitalista, entre las “manos sucias” del Comisario y la “pureza” del Alma bella.
Ciertamente, es un proyecto que está lejos de las prácticas políticas de la izquierda dogmática que domina el presente, un proyecto que podría nutrirse de Gorz, del ecosocialismo y demás utopías posindustriales, de la voluntad de exceder  la sociedad salarial a través de la extensión de las asignaciones universales y de la esfera del trabajo no asalariado, así como de los “modelos de socialismo” postulados por autores como Robin Blackburn, Diane Elson, Jon Roemer o Erik Olin Wright, basados  no en la negación imaginaria y burocrática de un mercado  abolido por decreto el Día Después  de la Revolución, sino en su progresiva socialización. Proyecto de discusión colectiva, de reelaboración y refundación de mediano y largo aliento, que no espera cosechar éxitos políticos inmediatos, sino que necesita —como postulaba Perry Anderson  una década atrás— una combinación de realismo crudo en el diagnóstico, intransigencia frente a los poderes dominantes y crítica radical de los mitos que atan a los oprimidos a su pasado: “Hoy en día, es el espíritu de la Ilustración, antes que los evangelios, lo que más nos hace falta”.
Un proyecto, pues, que dé cabida a los anhelos  libertarios, internacionalistas, solidarios y universalistas de todos aquellos que aspiramos a un mundo distinto del que nos ofrecen, por una parte, el capitalismo globalizado, y por otra, como premio consuelo a las desdichas de la izquierda, los nacional-populismos realmente existentes.
(Horacio Tarcus)

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